demuestre aprecio honrado y sincero by dale carnegie

Debo confesar que el tratar con la gente ha sido y es mi asignatura pendiente, también busco desde hace mucho tiempo poder aprobarla y ahora recuerdo que alguien una vez me recomendó un gran libro (la gente siempre damos consejos y recomendamos libros), no se la fecha exacta, pero el manual tiene una etiqueta a lápiz que dice 1.600 pts (10 €), este libro ha sido mucho tiempo el manual de “mesita de noche” donde gastar un ratillo en alguna página abierta al azar.. COMO GANAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LAS PERSONAS por Dale Carnegie (seudónimo de Dale Breckenridge Carnegie, 24.11.1888 – 01.11.1955 fue un empresario y escritor de libros de auto ayuda, estadounidense.

Carnegie fue promotor de lo que ahora se llama asunción de responsabilidades, aunque esto sólo aparece puntualmente en sus escritos. Una de las ideas centrales de sus libros es que es posible cambiar el comportamiento de los demás, al cambiar nuestra actitud hacia ellos, este libro fué publicado en 1936 y puedo decir que su contenido es de rabiosa actualidad.

También es cierto que las muchas lecturas “picoteadas” me han servido, más de regla de medir a los demás que de aplicármelas a mi mismo, de ahí el no haber aprobado la asignatura, pues con una vez que leas su contenido y te lo apliques hubiera sido suficiente.. hoy me voy a detener en esa regla número 2 : “Demuestre aprecio honrado y sincero” y me apoyaré en otro de los maestros Alex Rovira y un video dedicado a la economía de las caricias.

 EL GRAN SECRETO PARA TRATAR CON LA GENTE

Sólo hay un medio para conseguir que alguien haga algo. ¿Se ha detenido usted alguna vez a meditar en esto? Sí, un solo medio. Y es el de hacer que el próji­mo quiera hacerlo.

Recuerde que no hay otro medio.

Es claro que usted puede hacer que un empleado le preste su cooperación -hasta que usted vuelva la espalda- si ame­naza con despedirlo.

La única manera de conseguir que usted haga algo es darle lo que usted quiere.

¿Qué es lo que quiere?

El famoso Dr. Sigmund Freud, uno de los más distin­guidos psicólogos del siglo XX, decía que todo lo que usted y yo hacemos surge de dos motivos: el impulso sexual y el deseo de ser grande.

El profesor John Dewey, dice el Dr. Dewey que el impulso más profundo de la naturaleza humana es “el deseo de ser importante”.

Recuerde esta frase: “el deseo de ser importante”. Es muy significativa. La va a ver muy a menudo en este libro.

¿Qué es lo que quiere usted? No muchas cosas, pero las pocas que desea son anheladas con una insistencia que no admite negativas. Casi todos los adultos normales quieren:

1. – La salud y la conservación de la vida.

2. – Alimento.

3. – Sueño.

4. – Dinero y las cosas que compra el dinero.

5. – Vida en el más allá.

6. – Satisfacción sexual.

7. – El bienestar de los hijos.

8. – Un sentido de propia importancia.

Casi todas estas necesidades se ven complacidas en la vida, todas, en verdad, menos una. Pero hay un anhelo casi tan profundo, casi tan imperioso como el deseo de alimentarse y dormir, y ese anhelo se ve satisfecho muy rara vez. Es lo que llama Freud “el deseo de ser grande”. Es lo que llama Dewey “el deseo de ser importante”.

Lincoln empezó una vez una carta con estas palabras: “A todo el mundo le agrada un elogio”. William James dijo: “El principio más profundo del carácter humano es el anhelo de ser apreciado”. Véase que no habló del “de­seo”, sino del anhelo de ser apreciado.

El deseo de sentirse importante es una de las princi­pales diferencias que distinguen a los hombres de los animales.

Si nuestros antepasados no hubiesen sentido este ar­diente anhelo de ser importantes, la civilización habría sido imposible. Sin él seríamos iguales que los animales.

Este deseo de sentirse importante fue lo que llevó a un pobre empleado de una tienda de comestibles, un mozo sin recursos y sin educación, a estudiar unos libros de derecho que había encontrado en el fondo de un barril que, con otros restos de una casa deshecha, com­prara por cincuenta centavos. Quizá haya oído el lector hablar de este mozo. Se llamaba Lincoln.

Este deseo de sentirse importante fue lo que inspiró a Dickens para escribir sus novelas inmortales.

Este deseo hace que todos pretendamos vestir de acuerdo con la última moda, conducir el automóvil más reciente y hablar de nuestros hijos tan inteligentes.

Algunas autoridades declaran que ciertas personas pueden llegar a la demencia a fin de encontrar, en sus sueños, el sentido de importancia que les ha sido negado en el áspero mundo de la realidad. Hay en los hospita­les de los Estados Unidos más enfermos mentales que de todas las otras enfermedades juntas.

Si algunas personas tienen tanta sed de importancia que llegan a la demencia, imaginemos los milagros que usted o yo podremos lograr si damos al prójimo una honrada apreciación de su importancia, del otro lado de la demencia.

Una de las primeras personas en el mundo norteame­ricano de los negocios a la que se le pagó un salario anual de más de un millón de dólares (cuando no había impuesto a los ingresos y una persona que ganaba cin­cuenta dólares a la semana podía vivir muy bien), fue Charles Schwab. Andrew Camegie

Schwab aseguraba que se le pagaba ese sueldo sobre todo por su capacidad para tratar con la gente. Le pre­gunté cómo hacía. Voy a dar su secreto, en sus mismas palabras: palabras que deberían ser grabadas en bronce y fijadas en todos los hogares y escuelas, en todas las tiendas y oficinas del país; palabras que los niños debe­rían recordar de memoria, en lugar de esforzarse por saber la conjugación de verbos latinos o la cifra de la lluvia anual en el Brasil; palabras que transformarán su vida, lector, y la mía, por poco que las escuchemos:

“Considero -dijo Schwab- que el mayor bien que poseo es mi capacidad para despertar entusiasmo entre los hombres, y que la forma de desarrollar lo mejor que hay en el hombre es por medio del aprecio y el aliento.

“Nada hay que mate tanto las ambiciones de una per­sona como las críticas de sus superiores. Yo jamás cri­tico a nadie. Creo que se debe dar a una persona un in­centivo para que trabaje. Por eso siempre estoy deseoso de ensalzar, pero soy remiso para encontrar defectos. Si algo me gusta, soy caluroso en mi aprobación y gene­roso en mis elogios.”

Esto es lo que hacía Schwab. Pero, ¿qué hace la perso­na común? Precisamente lo contrario. Si alguna cosa no le gusta, arma un escándalo; si le gusta, no dice nada.

“En mi amplia relación con la vida, en mis encuentros con muchos grandes personajes en diversas partes del mundo -declaró Schwab-, no he encontrado todavía la persona, por grande que fuese o elevadas sus fun­ciones, que no cumpliera mejor trabajo y realizara ma­yores esfuerzos dentro de un espíritu de aprobación que dentro de un espíritu de crítica.”

Para su tumba escribió un epitafio que de­cía: “Aquí yace un hombre que supo cómo rodearse de hombres más hábiles que él”.

Hace unos años se hizo un estudio sociológico entre esposas que habían abandonado sus hogares, ¿y cuál creen que fue la razón principal que dieron para haber tomado su decisión? “Falta de aprecio.” Si se hiciera un estudio similar entre maridos que han huído de sus casas, creo que se llegaría a la misma conclusión. Con frecuencia damos tan por sentada la presencia de nuestro cónyuge, que nunca le manifestamos nuestro aprecio.

Alimentamos los cuerpos de nuestros hijos y amigos y empleados; pero muy raras veces alimentamos su propia estima. Les damos carne y papas para que tengan ener­gía; pero descuidamos darles amables palabras de apre­cio que cantarían durante años en su recuerdo.

Es claro que la adulación no da resultados con la gente que discierne. Es algo hueco, egoísta y poco sin­cero. Su empleo debe conducir al fracaso, y así ocurre generalmente. Aunque no faltan personas tan hambrien­tas, tan sedientas de que se les muestre aprecio, que tra­gan cualquier cosa, así como un hombre hambriento puede comer hierbas y lombrices.

La diferencia entre la apreciación y la adulación es muy sencilla. Una es sincera y la otra no. Una procede del corazón; la otra sale de la boca. Una es altruista; la otra egoísta. Una despierta la admiración universal; la otra es universalmente condenada.

“No temas a los enemigos que te atacan. Teme a los amigos que te adulan”.

: “Enséñame a no hacer ni reci­bir elogios baratos”. Eso es la adulación: elogio barato. Una vez leí una definición de la adulación que vale la pena reproducir: “Adular es decir a la otra persona lo que se piensa de uno mismo”.

Si lo que debiéramos hacer fuera sólo emplear la adulación, el mundo entero aprendería a hacerlo en seguida y todos seríamos peritos en relaciones humanas.

Y lo que se aplica a profesionales se aplica doblemente a obreros en oficinas, negocios y talleres, y entre nuestras familias y amigos. En nuestras relaciones interpersonales nunca deberíamos olvidar que todos nuestros interlocu­tores son seres humanos, y como tales hambrientos de apreciación. Es la ternura legal que disfrutan todas las almas.

Trate de dejar un rastro de pequeñas chispas de gra­titud en sus jornadas. Le sorprenderá ver cómo encien­den pequeñas llamas de amistad que vuelven a brillar en su próxima visita.

Herir a la gente no sólo no la cambia, sino que es una tarea que nadie nos agradecerá. Hay un viejo dicho que yo he escrito en una hoja y pegado en el espejo del baño, donde lo veo todos los días:

“Pasaré una sola vez por este camino; de modo que cualquier bien que pueda hacer o cualquier cortesía que pueda tener para con cualquier ser humano, que sea aho­ra. No la dejaré para mañana, ni la olvidaré, porque nun­ca más volveré a pasar por aquí.”

Emerson dijo: “Todo hombre que conozco es supe­rior a mí en algún sentido. En ese sentido, aprendo de él”.

Tratemos de pensar en las buenas cualidades de la otra persona. Olvidemos entonces la adulación. Demos prueba de una apreciación honrada, sincera, de esas cualidades. Seamos “calurosos en la aprobación y generosos en el elogio”, y la gente acogerá con cariño nuestras palabras y las atesorará y las repetirá toda una vida, años después de haberlas olvida­do nosotros.

REGLA 2:

Demuestre aprecio honrado y sincero.

Y para finalizar:

Las tres palabras mágicas que debemos enseñar a los niños son: Por favor, gracias y lo siento. Con estas palabras los niños serán considerados educados y se les abrirán las puertas en muchos lugares, cayéndole bien a las personas, pero insistamos que a los más cercanos también se las digan y para ello nada mejor que predicar con el ejemplo..

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